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    Pablo Lucio Paredes

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    Pablo Martín Lucio Paredes

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    Miguel Ruiz Granja

sábado 24 de junio del 2017

Nosotros presentamos ambos lados … escoge el tuyo!

¿Quieres llegar a un hotel del futuro?

 

Los hoteles del futuro

Hoteles personalizados con mayordomos robot, habitaciones dotadas de impresoras 3D, neurosueños, y realidad aumentada.

Tiempo de Lectura 2 Minutios

¿Te has preguntado alguna vez cómo serán los hoteles del futuro? ¿Te imaginas cómo será la experiencia de viaje y la estancia en uno de estos establecimientos dentro de 25, 30... o 45 años? Responder a estas preguntas no resulta fácil, conscientes de que la tecnología juega y jugará un papel fundamental.

Ante nuestra incapacidad para imaginar cómo serán los hospedajes del mañana, nos remitimos a Hoteles del futuro, un estudio de Hoteles.com, elaborado por James Canton, doctor en el Instituto Global Futures y renombrado futurista. La conclusión es que la realidad virtual, la inteligencia artificial, el uso de pantallas táctiles para todo tipo de gestiones o la hiper conectividad serán algunas de las claves del hotel de 2060.

Mayordomos robot

En los hoteles del futuro, los robots serán fundamentales. Canton predice que serán autónomos y podrán ser programados antes de la llegada del huésped con habilidades e idiomas especiales que permitan llevar a cabo cualquiera de sus deseos. 

Los nuevos robobutlers podrán recibir a los clientes en el aeropuerto, limpiar la habitación, elaborar platos de comida gourmet, hacer compañía u ofrecer asesoramiento empresarial.

Hoteles hechos a medida

En el futuro el concepto de “hecho a medida” nos traerá hoteles de auto montaje, susceptibles de cambiar de diseño según las preferencias de los consumidores. Serán hoteles de crowdsourcing que utilizarán nanotecnología y maquinaria que en los próximos 20 años será capaz derecrear ambientes e incluso edificios

Habitaciones dotadas de impresoras 3D

El uso de las impresoras 3D cambiarán sin duda la estancia en el hotel. Las habitaciones del futuro dispondrán de ellas, lo que permitirá crear los elementos necesarios al momento, sea ropa, un par de zapatos nuevos, fármacos e incluso dispositivos electrónicos como móviles u ordenadores. La ventaja: viajar más ligero de equipaje.

El estudio también apunta a la posibilidad de realizar descargas desde la nube y crear productos a demanda. Los nuevos robobutlers podrán recibir a los clientes en el aeropuerto, limpiar la habitación o elaborar platos de comida gourmet”

Neurosueños

La cama del hotel ya no será únicamente el lugar donde dormir. Echando mano de la neurotecnología, los establecimientos ofrecerán a sus huéspedes la posibilidad de elegir la temática de los sueños para relajarse, aprender, disfrutar, o mejorar el estado de ánimo. Según el estudio, el futuro nos depara, el sueño “a la carta”.

Hoteles basados en ‘crowdsourcing’

La próxima generación de hoteles emergentes se basará en el crowdsourcing a través de móviles. Serán hoteles efímeros creados a partir de diseños elegidos por una mayoría de votos y programados en impresoras 3D. Ello será posible gracias al uso continuo de generación de células Bio-solar y de la nanotecnología. La moneda de uso para pagar desde las aplicaciones móviles será el HotelCoin.

Uso de mi avatar de viajes

Un propio avatar de viaje que funcionará como agente de software digital permitirá buscar, realizar las reservas y satisfacer cualquier necesidad o deseo relacionado con el viaje. La posibilidad de contar con un servicio de atención 24 horas cambiará el concepto de la atención al cliente. 

Hoteles de realidad aumentada

La realidad aumentada, es decir, la mezcla del mundo real físico con la realidad virtual, hara posible que los hoteles personalicen las mejores aventuras o historias, creando nuevos escenarios.

Los huéspedes ya no se limitarán a realizar excursiones a nivel local, sino que los hoteles les transportarán a mundos fantásticos que solo son posibles a través del sueño. ¿Te imaginas una excursión a África o un viaje a Machu Picchu?

Gastronomía genómica ​

Finalmente, el día de mañana, los restaurantes de un hotel ofrecerán una oferta gastronómica basada en el ADN de los comensales. Aunque a estas alturas pueda parecer algo increíble, James Canton vaticina que, cuando el cliente llegue al establecimiento, se encontrará con la dieta más adecuada a su salud. La propuesta podrá ser elaborada por los mejores chefs sin perder en ningún momento su atractivo ni su exquisitez.

Hoteles inteligentes y la madre que los parió

Una desgracia una noche en un hotel del futuro que no se sabe cómo funcionan los mandos y nos son evidentes. Al final de la noche, para salir corriendo.

Tiempo de Lectura 3 Minitos

Les juro a ustedes, con una mano sobre la primera edición de El cetro de Ottokar, que cuanto voy a contar es cierto. Acabo de sufrirlo en la habitación de un hotel español nuevo y flamante, dotado con todos los adelantos tecnológicos imaginables. Un lugar de vanguardia tan avanzada que te deja de pasta de boniato.

La primera en la frente fueron las luces. Allí no había conmutadores normales, de ésos que les das, clic, clac, y encienden y apagan. Había unos sensores planos de colorines, que según acercabas un dedo encendían cosas de modo aleatorio, a su rollo. Todas de golpe o una a una, dabas a ésta y se encendía o apagaba aquélla, tocabas la de la mesilla de noche y se iluminaba un armario, o el cuarto de baño, y así todo el rato. No había forma de aclararse. Y para más recochineo, la habitación estaba iluminada a la moda de ahora, con coquetos puntos de luz que dejaban el resto en penumbra; lo que es precioso, pero tiene la pega de que no ves un carajo. Además, las pocas luces estaban situadas en lugares divinos, pero no donde las necesitabas, por ejemplo, para leer. Así que estuve un rato moviendo muebles para colocarlos donde podía verse algo; con el simpático detalle de que al ir y venir en la penumbra, más ciego que un topo, una manija de una puerta, estilizada, larga y bellísima de diseño, se me enganchó en el bolsillo de la chaqueta, rasgándolo.

Blasfemé, lo confieso. Algo sobre el copón de Bullas. Por suerte tenía otra chaqueta, pero al ir a colgarla se le cayó un botón. La alfombra era de las que más detesto en el mundo. Si la moqueta me parece ya una guarrería infame, calculen mis sentimientos ante una alfombra peluda de medio palmo de espesor, con rayas de cebra, entre cuya fronda podría camuflarse una boa constrictor. Por pura ley de Murphy, el botón cayó entre el pelamen; y con la falta de luz estuve diez minutos a cuatro patas, buscándolo con las gafas de leer puestas, mientras mis blasfemias subían de tono, cuestionando ya los más sagrados Misterios. Y de ahí para arriba.

El siguiente episodio fue la tele. Vi un mando, presioné la tecla, y lo que se descorrieron fueron las cortinas de la ventana, que ya nunca pude volver a correr. Al fin, con otro mando que parecía perfecto para abrir cortinas, encendí la tele. «Bienvenido, señor Pérez», dijo una voz cantarina sobre una imagen del hotel. Quise ver el telediario, pero el televisor me exigió una complicada serie de datos que incluían mi nombre, número de habitación y algo así como código Waca Plus –que sigo sin tener ni idea de qué podía ser–. Pese a ello, introducido todo, o casi, la tele se negó a pasar a los canales. Quise apagarla, pero no había manera de apagarla del todo, porque se encendía ella sola cada diez minutos, y cada vez la misma voz repetía: «Bienvenido, señor Pérez».

Les ahorro la noche. La cortina abierta de piernas, con la luz de las farolas de la calle dándome en la cara –con ésa sí habría podido leer–, y el televisor encendiéndose solo, «Bienvenido, señor Pérez», cada diez minutos. Además, cuando quise mirar el reloj en la mesilla debí de tocar algún sensor o algo, porque los pies de la cama se levantaron, zuuuuum, y me quedé con ellos en alto y toda la sangre congestionándome la cabeza. A punto de nieve para el derrame cerebral.

Al fin llegó el alba. Yo había notado ya que el grifo del lavabo no era un grifo, sino un caño misterioso que requería ciertos pases mágicos alrededor para que saliera el chorro de agua. Y con la ducha pasaba lo mismo. Me puse enfrente, empecé el abracadabra, y ni flores. Al fin, al hacer no sé qué movimiento, brotó el agua de la ducha. Fría, no, oigan. Ártica. Salté hacia atrás, empapado, y me quedé allí intentando desesperadamente resolver el problema. Entre el mando –que seguía sin saber cómo funcionaba– y yo se interponía el chorro gélido de la ducha. Al fin me dije: vamos, chaval. Sobreviviste a los puentes de Bijela, así que échale cojones. De modo que tomé aire, me metí bajo el chorro –mis blasfemias debían ahora de oírse en la calle– y estuve dando pases mágicos hasta que al fin, al borde ya de la congestión pulmonar, salió de pronto un chorro de agua hirviendo que me abrasó la piel. Y cuando al cabo, exhausto, apoyado en los azulejos bajo un chorro más o menos regulado, miré al suelo, comprobé que el arquitecto, o su puta madre, habían diseñado un plato de ducha sin escaloncito, a ras con el piso, y que por debajo de la puerta de cristal se había ido el agua, que ahora corría alegre por toda la habitación, anegándola. Y mientras, en el televisor, la amable voz femenina seguía repitiendo cada diez minutos: «Bienvenido, señor Pérez».