• Pablo Lucio Paredes

    Pablo Lucio Paredes

  • Mario Ruiz

    Mario Ruiz Jaramillo

  • Pablo Martin Lucio Predes

    Pablo Martín Lucio Paredes

  • Migue Ruiz Granja

    Miguel Ruiz Granja

sábado 24 de junio del 2017

Nosotros presentamos ambos lados … escoge el tuyo!

¿Debemos regular las redes sociales?

 

¡Ya tenemos Black Mirror!

Hemos convertido a las redes sociales en el gran “espejo negro” que refleja lo más oscuro de nuestra estructura subjetiva y de nuestra organización colectiva ecuatoriana. Una sociedad representada por cualquier sujeto con suficiente odio y mezquindad como para exponer a la vergüenza nacional a la mujer que alguna vez amó y que le dio un hijo.

Tiempo de Lectura 2 Minutos 

El video recién viralizado en nuestras redes sociales, en el que un marido traicionado exhibe a la esposa adúltera con su amante a la salida del motel quiteño, sugiere que hemos “avanzado” en la dirección de “Black Mirror”. Durante tres temporadas, la magnífica teleserie inglesa de Netflix presentó en historias de ficción los excesos de la actual sociedad gazmoña, morbosa y pervertida a la vez, adicta a la imagen y ajena a la palabra, dependiente de la aceptación en las redes sociales, ávida de información instantánea para construir una “opinión” fugaz, que vive del escándalo diario y de la humillación pública del prójimo, dispuesta a ser manipulada por los amos de la política y los de la comunicación, que son más o menos los mismos. Bienvenidos al futuro criollo, al “Black Mirror” a la ecuatoriana.

Probablemente en una semana olvidaremos el “debate” acerca de la casada infiel, como ya olvidamos a la exjueza, al “Principito” y al Orlando furioso. Lo que es un drama para los protagonistas, es diversión ilimitada para el gran público del internet y de las redes sociales, dedicado al comadreo en este gigantesco vecindario globalizado e interconectado al instante. Porque en realidad, no nos interesa la verdad acerca de nada, sino el escándalo sabroso y picante, que nos sirva para chismorrear durante unos días a falta de una reflexión más profunda y trascendente sobre nuestros verdaderos problemas sociales y políticos. Es la gran banalización de la existencia humana, sobre todo de la de nuestros semejantes. Es el circo de la “información” y de la “comunicación” que nos sirve para canalizar nuestros goces perversos, particularmente el voyerista y el exhibicionista.

Es la supuesta revolución de la comunicación actual, donde lo privado es público y lo público se convierte en “reservado” escapando impunemente a la investigación y al juicio penal y político. La revolución donde los fiscales y contralores mejor puntuados son aquellos que miran hacia otro lado, porque la corrupción oficial también se ha convertido en divertimento: ahora se exhibe obscenamente en las redes sociales, junto con los pecadillos de quienes son agarrados en falta. La revolución de las redes sociales, donde el sexo, el dinero y el poder son intercambiables; donde el tránsito desde la cama a la política es reversible todo el tiempo, y donde los chismes venden mejor que las noticias, tanto que estas últimas deben parecerse cada vez más a los primeros para poder venderse.

Hemos convertido a las redes sociales en el gran “espejo negro” que refleja lo más oscuro de nuestra estructura subjetiva y de nuestra organización colectiva ecuatoriana. Una sociedad que vive para cotorrear acerca de la sexualidad ajena es incapaz de interrogarse sobre su propia vida amorosa. Una sociedad que trata la corrupción oficial como noticia de farándula es culpable de la degradación regresiva de su vida política. Una sociedad bovina que goza del escándalo merece el mismo amo por tiempo indefinido. Una sociedad gaznápira, que retransmite sin cuestionar todo lo que le llega por WhatsApp, está perfectamente representada por cualquier sujeto con suficiente odio y mezquindad como para exponer a la vergüenza nacional a la mujer que alguna vez amó y que le dio un hijo. (O)

Tribunales invisibles

Las redes sociales convertidas en tribunales de moral, en los cuales se juzga al individuo, sin la menor posibilidad de que este se defienda y en los que se expresan formas invisibles de maldad. Como la maldad habita en cada uno de los seres humanos, deben haber leyes que frenen o aplaquen su ímpetu para protejer al inocente o al culpable si este no puede defenderse.

Tiempo de Lectura 2 Minutos 

Nuevas forma de censura coexisten - extrañamente- con el lenguaje sádico y caníbal hallado en internet y desatado en orgias verbales de odio anónimo, cloacas virtuales de defecación en los otros e incomparables despliegues de insensibilidad (especialmente en los comentarios anónimos)” tomado de Ceguera Moral, la perdida de la sensibilidad en la modernidad líquida de Zygmunt Bauman en el que se retrata nuestra triste forma de utilizar los medios modernos de comunicación, no para eso, para la comunicación, si no para ser el parlante a través del cual nuestra psicopatología se manifiesta, nuestra maldad se expresa y nuestra incapacidad de vernos en el prójimo nos delata.

Según el filósofo Byung-Chul Han, vivimos en la sociedad de la transparencia en la cual las redes sociales se presentan como espacios de libertad, pero en realidad en lo que se han convertido, es en un gran panóptico digital donde el vigilante puede observar sin ser observado y lejos de generar una comunidad, lo que genera es una acumulación de egos incapaces de una acción común.

Las redes sociales convertidas en tribunales de moral, en los cuales se juzga al individuo, sin la menor posibilidad de que este se defienda y en los que se expresan formas invisibles de maldad. Redes sociales utilizadas para reproducir esos juicios y multiplicarlos hasta convertirlos en “virales”, hasta destruir la vida de un extraño, sin la menor conciencia de hacerlo y casi con el convencimiento de que se cumple con un deber moral.

Hemos sido testigos en días pasados de un femicidio mediático a través de las redes sociales. Hemos asistido a una lapidación con teléfonos celulares. “La lapidación es un medio de ejecución muy antiguo, consistente en que los asistentes lancen piedras contra el reo hasta matarlo.

Como una persona puede soportar golpes fuertes sin perder el conocimiento, la lapidación puede producir una muerte muy lenta”. La lapidación moderna, consiste en una modalidad electrónica mediante la cual se lleva a un(a) acusado(a) con pruebas del hecho o sin estas, a estos nuevos tribunales morales invisibles, y sin el beneficio de la defensa, someterlo(a) a juicio, declararlo(a) culpable y acto seguido iniciar con el espectáculo , se inicia el lanzamiento de piedras, cada quien tratando de llevar o producir y reproducir la piedra más grande, la que haga más daño, la que provoque más risas de la muchedumbre, testigo de la agonía que a diferencia de la lapidación antigua ahora no incluye solo al reo si no a su familia.

Como la maldad habita en cada uno de los seres humanos incluso en los sanos y normales, deben haber leyes que frenen o aplaquen su ímpetu por aflorar, leyes que protejan al inocente, incluso que protejan al culpable si este no puede decir su verdad, no puede defenderse.

Este contenido ha sido publicado originalmente por Diario EL COMERCIO en la siguiente dirección: http://www.elcomercio.com/opinion/carlosleon-opinion-tribunales-invisibles-columnista.html. Si está pensando en hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. ElComercio.com