• Pablo Lucio Paredes

    Pablo Lucio Paredes

  • Mario Ruiz

    Mario Ruiz Jaramillo

  • Pablo Martin Lucio Predes

    Pablo Martín Lucio Paredes

  • Migue Ruiz Granja

    Miguel Ruiz Granja

sábado 24 de junio del 2017

Nosotros presentamos ambos lados … escoge el tuyo!

¿Macron el reformista o continuista?

 

Macron

Emmanuel Macron es una especie de milagro en la Francia de nuestros días porque representa la corriente universalista y libertaria, la de Voltaire, la de Tocqueville, la de parte de la Revolución Francesa, la de los Derechos del Hombre, la de Raymond Aron que estaba debilitada.

Tiempo de Lectura 4 Minutos

Este artículo aparecerá el mismo día 7 de mayo en que los franceses estarán votando en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Quiero creer, como dicen las encuestas, que Emmanuel Macron derrotará a Marine Le Pen y salvará a Francia de lo que hubiera sido una de las peores catástrofes de su historia. Porque la victoria del Frente Nacional no sólo significaría la subida al poder en un gran país europeo de un movimiento de origen inequívocamente fascista, sino la salida de Francia del euro, la muerte a corto plazo de la Unión Europea, el resurgimiento de los nacionalismos destructivos y, en última instancia, la supremacía en el viejo continente de la renacida Rusia imperial bajo el mando de Vladimir Putin, el nuevo zar.

Pese a lo que han pronosticado las encuestas, el triunfo de Emmanuel Macron, o, mejor dicho, de todo lo que él representa, es una especie de milagro en la Francia de nuestros días. Porque, no nos engañemos, la corriente universalista y libertaria, la de Voltaire, la de Tocqueville, la de parte de la Revolución Francesa, la de los Derechos del Hombre, la de Raymond Aron, estaba tremendamente debilitada por la resurrección de la otra, la tradicionalista y reaccionaria, la nacionalista y conservadora —de la que fue genuina representante el gobierno de Vichy y de la que es emblema y portaestandarte el Frente Nacional—, que abomina de la globalización, de los mercados mundiales, de la sociedad abierta y sin fronteras, de la gran revolución empresarial y tecnológica de nuestro tiempo, y que quisiera retroceder la cronología y volver a la poderosa e inmarcesible Francia de la grandeur, una ilusión a la que la contagiosa voluntad y la seductora retórica del general De Gaulle dieron fugaz vida.

La verdad es que Francia no se ha modernizado y que el Estado sigue siendo una aplastante rémora para el progreso, con su intervencionismo paralizante en la vida económica, su burocracia anquilosada, su tributación asfixiante y el empobrecimiento de unos servicios sociales en teoría extraordinariamente generosos pero, en la práctica, cada vez menos eficientes por la imposibilidad creciente en que se encuentra el país de financiarlos. Francia ha recibido una inmigración enorme, en buena medida procedente de su desaparecido imperio colonial, pero no ha sabido ni querido integrarla, y esa es ahora la fuente del descontento y la violencia de los barrios marginales en la que los reclutadores del terrorismo islamista encuentran tantos prosélitos. Y el enorme descontento obrero que producen las industrias obsoletas que se cierran, sin que vengan a reemplazarlas otras nuevas, ha hecho que el antiguo cinturón rojo de París, donde el Partido Comunista se enseñoreaba hace todavía diez años, sea ahora una ciudadela del Frente Nacional.

Todo esto es lo que Emmanuel Macron quiere cambiar y lo ha dicho con una claridad casi suicida a lo largo de toda su campaña, sin haber cedido en momento alguno a hacer concesiones populistas, porque sabe muy bien que, si las hace, el día de mañana, en el poder, le será imposible llevar a cabo las reformas que saquen a Francia de su inercia histórica y la transformen en un país moderno, en una democracia operativa y, como ya lo es Alemania, en la otra locomotora de la Unión Europea.

Macron es consciente de que la construcción de una Europa unida, democrática y liberal, es no sólo indispensable para que los viejos países de Occidente, cuna de la libertad y de la cultura democrática, sigan jugando un papel primordial en el mundo de mañana, sino porque, sin ella, aquellos quedarían cada vez más marginados y empobrecidos, en un planeta en que Estados Unidos, China y Rusia, los nuevos gigantes, se disputarían la hegemonía mundial, retrocediendo a la Europa “des anciens parapets” de Rimbaud a una condición tercermundista. ¡Y Dios o el diablo nos libren de un planeta en el que todo el poder quedaría repartido en manos de Vladimir Putin, Xi Jinping y Donald Trump!

El europeísmo de Macron es una de sus mejores credenciales. La Unión Europea es el más ambicioso y admirable proyecto político de nuestra época y ha traído ya enormes beneficios para los 28 países que la integran. A Bruselas se le pueden hacer muchas críticas a fin de contribuir a las reformas y adaptaciones necesarias a las nuevas circunstancias, pero, aun así, gracias a esa unión los países miembros han disfrutado por primera vez en su historia de una coexistencia pacífica tan larga y todos ellos estarían peor, económicamente hablando, si no fuera por los beneficios que les ha traído la integración. Y no creo que pasen muchos años sin que lo descubra Reino Unido cuando las consecuencias del insensato Brexit se hagan sentir.

Ser un liberal, y proclamarlo, como ha hecho Macron en su campaña, es ser un genuino revolucionario en la Francia de nuestros días. Es devolver a la empresa privada su función de herramienta principal de la creación de empleo y motor del desarrollo, es reconocer al empresario, por encima de las caricaturas ideológicas que lo ridiculizan y envilecen, su condición de pionero de la modernidad, y facilitarle la tarea adelgazando el Estado y concentrándolo en lo que de veras le concierne —la administración de la justicia, la seguridad y el orden públicos—, permitiendo que la sociedad civil compita y actúe en la conquista del bienestar y la solución de los desafíos económicos y sociales. Esta tarea ya no está en manos de países aislados y encapsulados como quisieran los nacionalistas; en el mundo globalizado de nuestros días la apertura y la colaboración son indispensables, y eso lo entendieron los países europeos dando el paso feliz de la integración.

Francia es un país riquísimo, al que las malas políticas estatistas, de las que han sido responsables tanto la izquierda como la derecha, han mantenido empobrecido, cada vez más en el atraso, en tanto que Asia y América del Norte, más conscientes de las oportunidades que la globalización iba creando para los países que abrían sus fronteras y se insertaban en los mercados mundiales, lo iban dejando cada vez más rezagado. Con Macron se abre por primera vez en mucho tiempo la posibilidad de que Francia recobre el tiempo perdido e inicie las reformas audaces –y costosas, por supuesto– que adelgacen ese Estado adiposo que, como una hidra, frena y regula hasta la extenuación su vida productiva, y muestre a sus jóvenes más brillantes que no es la burocracia administrativa el mundo más propicio para ejercitar su talento y creatividad, sino el otro vastísimo al que cada día añaden nuevas oportunidades la fantástica revolución científica y tecnológica que estamos viviendo. A lo largo de muchos siglos Francia fue uno de los países que, gracias a la inteligencia y audacia de sus élites intelectuales y científicas, encabezó el avance del progreso no sólo en el mundo del pensamiento y de las artes, sino también en el de las ciencias y las técnicas, y por eso hizo avanzar la cultura de la libertad a pasos de gigante. Esa libertad fue fecunda no sólo en los campos de la filosofía, la literatura, las artes, sino también en el de la política, con la declaración de los Derechos del Hombre, frontera decisiva entre la civilización y la barbarie y uno de los legados más fecundos de la Revolución Francesa. Durmiéndose sobre sus laureles, viviendo en la nostalgia del viejo esplendor, el estatismo y la complacencia mercantilista, Francia se ha ido acercando todos estos años a un inquietante abismo al que el nacionalismo y el populismo han estado a punto de precipitarla. Con Macron, podría comenzar la recuperación, dejando sólo para la literatura la peligrosa costumbre de mirar con obstinación y nostalgia el irrecuperable pasado.

 

Tools
¿Qué pasa con Europa?

Los adultos franceses entre los 25 y 54 años tienen muchas más probabilidades que sus homólogos estadounidenses de lograr un buen empleo, pero en conjunto los franceses producen una cuarta parte menos por persona que los estadounidenses. Francia ofrece una red de seguridad social que supera los sueños más descabellados de los progresistas estadounidenses: atención sanitaria de alta calidad para todos, generosos permisos de paternidad y maternidad, enseñanza preescolar universal y mucho más.

Tiempo de Lectura 3 Minutos

Francia celebrará este domingo sus elecciones presidenciales. La mayoría de los observadores prevén que el centrista Emmanuel Macron derrotará a Marine Le Pen, la nacionalista blanca (por favor, dejemos de dignificar esta cosa llamándola "populismo"). Y estoy bastante seguro de que las normas de The New York Times me permitirán declarar directamente que espero de todo corazón que la opinión general no se equivoque. Una victoria de Le Pen sería desastrosa para Europa y para el mundo.

Pero también pienso que es justo hacernos un par de preguntas acerca de lo que ocurre. En primer lugar ¿cómo han llegado las cosas hasta este punto? Y en segundo lugar, ¿sería la derrota de Le Pen algo más que una postergación temporal de la crisis que se desarrolla en Europa?

Algunos antecedentes: como cualquiera en el lado americano del Atlántico, no puedo evitar ver a Francia en parte a través de lentes con los colores de Donald Trump. Pero es importante comprender que los paralelos entre la política francesa y la estadounidense existen a pesar de las grandes diferencias entre las tendencias económicas y sociales subyacentes.

Para empezar, a pesar de que Francia recibe una sorprendente cantidad de mala prensa –buena parte de ella procedente de ideólogos que insisten en que los Estados del bienestar generosos tienen que tener consecuencias desastrosas– es de hecho una economía bastante próspera. Lo crean o no, los adultos franceses en sus mejores años para el trabajo (25 a 54) tienen muchas más probabilidades que sus homólogos estadounidenses de lograr un buen empleo.

También son más o menos igual de productivos. Es cierto que en conjunto los franceses producen una cuarta parte menos por persona que los estadounidenses, pero eso se debe principalmente a que se toman más vacaciones y se jubilan más jóvenes, cosas que obviamente no son horribles.

Y si bien Francia, al igual que casi todos, ha experimentado un descenso gradual del empleo en el sector industrial, nunca ha experimentado nada parecido a la "sacudida china" que provocó la caída en picado del empleo en la industria estadounidense a principios de la década de 2000.

Por otra parte, sobre el telón de fondo de esta economía no maravillosa pero tampoco horrible, Francia ofrece una red de seguridad social que supera los sueños más descabellados de los progresistas estadounidenses: atención sanitaria de alta calidad para todos, generosos permisos de paternidad y maternidad, enseñanza preescolar universal y mucho más.

Y por último, aunque no menos importante, Francia –quizá debido a estas diferencias políticas, quizá por otras razones– no está experimentando nada comparable al hundimiento social que parece estar afectando a buena parte del Estados Unidos blanco. Sí, Francia tiene grandes problemas sociales, ¿quién no? Pero no da muchas señales del drástico aumento de las "muertes por desesperación" –mortalidad por drogas, alcohol y suicidio– que Anne Case y Angus Deaton han demostrado que se está dando entre la clase trabajadora blanca estadounidense.

En resumen, Francia no es ni mucho menos una utopía, pero desde casi todos los puntos de vista, ofrece a sus ciudadanos una vida bastante decente. ¿Por qué, entonces, hay tantos dispuestos a votar –insisto, no usemos eufemismos– a una extremista racista?

Hay, sin duda, múltiples razones, en especial la ansiedad cultural por los inmigrantes islámicos. Pero parece claro que los votos a Le Pen serán en parte votos de protesta contra unos funcionarios de la Unión Europea a los que se considera despóticos y desconectados de la realidad. Y por desgracia, en esa percepción hay una parte de verdad.

Quienes hemos visto cómo afrontaban las instituciones europeas la crisis de la deuda que empezó en Grecia y se extendió por buena parte de Europa nos escandalizamos ante la combinación de insensibilidad y arrogancia que prevaleció a lo largo de la misma.

Aunque Bruselas y Berlín se equivocaron una y otra vez acerca de la economía –a pesar de que la austeridad que imponían era económicamente tan desastrosa como sus detractores advertían– siguieron actuando como si conociesen todas las respuestas, como si todo el sufrimiento causado fuese, de hecho, un castigo necesario por los pecados cometidos.

Desde el punto de vista político, los eurócratas se salieron con la suya porque los países pequeños eran fáciles de intimidar, demasiado aterrados ante la perspectiva de quedar eliminados de las finanzas del euro como para oponerse a exigencias irrazonables. Pero la élite europea cometerá un terrible error si cree que puede comportarse de igual modo con actores más grandes. De hecho, hay ya indicios de desastre en las negociaciones que están teniendo lugar actualmente entre la Unión Europea y Reino Unido.

Ojalá los británicos no hubiesen votado a favor del Brexit, que debilitará a Europa y empobrecerá a su propio país. Pero las autoridades de la UE se parecen cada vez más a un cónyuge abandonado, decidido a sacar tajada del divorcio. Y eso es simplemente una locura. Le guste o no, Europa deberá convivir con Reino Unido después del Brexit, y un acoso como el utilizado contra Grecia no va a funcionar con un país tan grande, rico y orgulloso como Reino Unido.

Lo que me lleva de nuevo a las elecciones francesas. La posibilidad de que venza Le Pen debería aterrarnos. Pero también debería preocuparnos que la victoria de Macron permita a Bruselas y Berlín interpretar que el Brexit ha sido una aberración, que siempre será posible intimidar al electorado europeo para que acepte lo que sus superiores dicen que es necesario.

Así que seamos claros: aunque el domingo se evite lo peor, todo lo que conseguirá la élite europea es una oportunidad temporal de corregirse.

 

 

Tools